La detección del bosón de Higgs en 2012 completó la
identificación experimental de las partículas fundamentales del modelo estándar de la física de partículas.
El notable éxito de esta teoría alentó el deseo de ir más allá y formular una
teoría capaz de unificar las fuerzas fundamentales de la naturaleza. El primer
paso consistiría en unificar las tres
interacciones gauge – electromagnética, débil y fuerte – y, en una etapa
posterior, intentar incorporar también la gravedad en un marco más amplio, lo
que se conoce como una teoría del todo
(ToE), que abordaremos en el último capítulo.
Como
vimos en el capítulo dedicado a la teoría
electrodébil, en la década de 1960 Sheldon Lee Glashow logró unificar la interacción electromagnética y la interacción débil al mostrar que
ambas pueden entenderse como dos manifestaciones de una misma interacción
fundamental: la fuerza electrodébil.
Por su parte, la cromodinámica cuántica
describe con gran precisión la interacción
fuerte. La teoría de la gran
unificación (GUT) persigue un objetivo más ambicioso: unificar estas tres
interacciones en una sola descripción teórica, dejando fuera, por el momento, a
la gravedad.
La teoría de la gran unificación no es una
única teoría concreta, sino una familia
de teorías que comparten un mismo objetivo: describir las tres interacciones gauge como
manifestaciones de una sola interacción fundamental subyacente. Existen
distintos modelos de gran unificación, basados en diferentes grupos de
simetría, como
SU(5),
SO(10) o E6, cada uno con sus propias predicciones y
características. Todos ellos coinciden en la idea general de la unificación,
pero difieren en los detalles matemáticos y en los fenómenos observables que
predicen.
Los campos de Yang–Mills.
Los campos de
Yang–Mills fueron propuestos en 1954
por los físicos Chen Ning Yang y
Robert Laurence Mills.
Aunque su propuesta no describía inicialmente ninguna fuerza conocida, sentó
las bases matemáticas de las teorías gauge modernas.
Durante
años, las teorías de Yang–Mills se
consideraron demasiado abstractas y problemáticas, en particular porque
parecían predecir bosones mediadores sin masa. No fue hasta las décadas de 1960
y 1970, con el desarrollo del mecanismo
de Higgs y su aplicación al modelo
estándar, cuando se comprendió que estas teorías podían describir de forma
coherente las interacciones fundamentales.
Hoy en
día, las interacciones gauge del modelo
estándar están formuladas dentro del marco de las teorías de Yang–Mills, lo que subraya la enorme importancia
histórica y conceptual de su propuesta.
En las teorías de la gran unificación, los campos de Yang–Mills desempeñan un
papel central. Estas teorías parten de la idea de que las tres interacciones gauge del modelo estándar
no son fundamentales ni independientes, sino que emergen de una única interacción gauge subyacente
asociada a un grupo de simetría más amplio. A energías extremadamente altas,
esta simetría estaría intacta, y las fuerzas serían indistinguibles. Al
descender la energía, la simetría se rompe espontáneamente, dando lugar a las
tres interacciones gauge que
observamos hoy.
Por lo
tanto, los campos de Yang–Mills no
son un añadido opcional en las teorías
de gran unificación, sino la estructura matemática esencial que permite
formular una interacción unificada de la que emergen las fuerzas conocidas.
¿Hay algo relevante además de los campos de Yang–Mills?
Además de los campos de Yang–Mills, las teorías de gran unificación introducen
otros elementos conceptualmente importantes. Entre ellos destacan los nuevos
bosones gauge asociados al grupo de simetría unificado, que permitirían
procesos prohibidos en el modelo
estándar, así como mecanismos de ruptura espontánea de la simetría más
complejos que el del campo de Higgs
habitual. En muchos modelos también aparecen nuevas partículas, relaciones
entre masas y cargas, e incluso conexiones con teorías más amplias, como la supersimetría o la cosmología del
universo primitivo.
No tenemos pruebas experimentales de unificación.
A pesar de su elegancia
matemática y coherencia interna, las teorías
de gran unificación aún no se consideran descripciones confirmadas de la
naturaleza, ya que carecen de verificación experimental directa y plantean
desafíos teóricos que siguen abiertos.
Las teorías de gran unificación predicen
fenómenos que, de observarse, proporcionarían una fuerte evidencia a su favor.
Los más conocidos son la desintegración
del protón y la existencia de monopolos
magnéticos, que veremos a continuación.
Además,
la energía característica a la que tendría lugar la unificación es tan alta –
del orden de 10¹⁵ – 10¹⁶ GeV – que resulta
inalcanzable para los aceleradores de partículas actuales. Por ello, se piensa
que la unificación solo habría sido efectiva en los primeros instantes tras el
Big Bang.
La desintegración del protón.
Se trata de un proceso
hipotético en el que esta partícula, considerada estable en el modelo estándar, se transforma en otras
partículas más ligeras, como piones y leptones. En las teorías de gran unificación, este proceso sería posible debido a la
existencia de nuevos bosones que conectan quarks y leptones, difuminando la
distinción estricta entre ambos tipos de partículas. Aunque la vida media
predicha del protón es enorme, la simple observación de un solo evento de
desintegración constituiría una prueba decisiva a favor de las teorías de gran unificación.
Los monopolos magnéticos.
Otra predicción
característica de muchas teorías de gran
unificación es la existencia de monopolos
magnéticos: partículas que portarían una carga magnética aislada,
equivalente a un “polo norte” o “polo sur” magnético sin su opuesto. A
diferencia de los imanes ordinarios, que siempre presentan ambos polos, los
monopolos serían entidades fundamentales. Se piensa que podrían haberse
producido en abundancia durante las transiciones de fase del universo
primitivo, poco después del Big Bang. Sin embargo, hasta ahora no se ha
detectado ninguno, lo que constituye otro desafío experimental para las teorías de gran unificación.
Puente conceptual hacia la supersimetría.
Una de las extensiones
teóricas más influyentes que surgen en el contexto de las teorías de gran unificación es la supersimetría. Esta propuesta amplía el modelo estándar al introducir una nueva simetría fundamental entre
dos grandes clases de partículas: las partículas de materia (fermiones) y las
partículas mediadoras de las interacciones (bosones). Según esta idea, a cada
partícula conocida le correspondería una partícula supersimétrica asociada,
denominada «supercompañera», con propiedades similares pero distinto espín.
Desde el
punto de vista teórico, la supersimetría
resulta especialmente atractiva. Entre otras virtudes, permite estabilizar la
masa del bosón de Higgs frente a
grandes correcciones cuánticas producidas por la interacción con todas las
partículas conocidas. Además, mejora la convergencia de las constantes de
acoplamiento de las interacciones gauge
a energías muy altas – lo que encaja de forma natural con las teorías de gran unificación – y
proporciona candidatos plausibles para la materia oscura del universo.
Sin
embargo, a pesar de estas motivaciones teóricas, la supersimetría no ha sido confirmada experimentalmente.
Los experimentos realizados hasta la fecha, en particular en el Gran
Colisionador de Hadrones (LHC), no han encontrado evidencia directa de
partículas supersimétricas. Esto sugiere que, si la supersimetría existe, debe estar rota a energías más altas de lo
inicialmente esperado o manifestarse de una forma más sutil que las versiones
más simples de esta teoría.
En
consecuencia, esta teoría debe entenderse hoy como una hipótesis teórica bien fundamentada, pero aún pendiente de
verificación experimental. Su posible confirmación tendría profundas
implicaciones para la física de partículas, la cosmología y nuestra comprensión
de las leyes fundamentales de la naturaleza.
Implicaciones cosmológicas.
Las teorías de la gran unificación no solo
buscan describir la estructura profunda de las interacciones fundamentales,
sino que también tienen consecuencias directas para la cosmología. Las energías
a las que se espera que tenga lugar la unificación solo se alcanzaron en el
universo primitivo, durante los primeros instantes tras el Big Bang. En ese
contexto, las transiciones de fase asociadas a la ruptura de la simetría
unificada podrían haber dejado huellas observables en la estructura actual del
universo.
Entre
estas posibles huellas se encuentra la asimetría
entre materia y antimateria. Junto con fenómenos como la desintegración de protones y la
producción de monopolos magnéticos, predicciones
cruciales de las teorías de la gran
unificación, esta asimetría constituye una de las conexiones más profundas
entre la física de partículas y la cosmología.
En el
capítulo anterior hemos visto que la violación
de la simetría CP contribuye a introducir una ligera diferencia entre
materia y antimateria, pero que, en el marco del modelo estándar, este efecto resulta insuficiente para explicar el
predominio de materia en el universo. Las teorías
de la gran unificación ofrecen un mecanismo más completo: a energías
extremadamente altas, los nuevos bosones predichos por estas teorías pueden
transformar partículas de materia en otras, violando de forma más intensa las simetrías que distinguen a la materia
de la antimateria.
En
particular, en muchas teorías de la gran
unificación, estos procesos no solo violan la simetría CP, sino que también permiten que se viole la ley de conservación de B−L, que en el modelo
estándar sí se mantiene. A este fenómeno se le denomina violación de B y L. Esta característica resulta esencial para explicar cómo pudo
generarse, en el universo primitivo, un pequeño exceso de materia que
sobrevivió a la aniquilación con la antimateria y dio lugar a la composición
del cosmos actual.
Panorama general.
El estudio de las teorías de gran unificación no solo
busca describir lo infinitamente pequeño, sino que también ofrece claves
fundamentales para comprender la evolución temprana y la composición global del
universo. Estas conexiones muestran cómo la física de partículas y la
cosmología están íntimamente ligadas, y cómo las grandes preguntas sobre la estructura
del cosmos pueden encontrar respuesta en las leyes que rigen las partículas
fundamentales.
Independientemente
de si estas teorías describen o no la realidad última, el marco experimental
mejor establecido sigue siendo el modelo
estándar. Conviene, por tanto, recapitular sus elementos fundamentales y
presentar de forma sistemática las partículas que lo componen, como síntesis de
todo lo expuesto hasta ahora.

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